La calle estaba vacía y en silencio, solo se oía el sonido de sus pasos golpeando la pared de los edificios colindantes. Recorría el pavimento frío y oscuro enmudecido. Un perro que lo oyó pasar le ladraba desde un balcón de un segundo piso.
Caminaba absorto recordando lo que le había sucedido por la mañana.
Como todos los sábados, su esposa se levantó temprano, hizo el desayuno, se lo sirvió y después se arreglo para ir a hacer la compra.
En esa ocasión él decidió acompañarla.
Fueron al mercado de abastos. Parecía como si toda la barriada se hubiera puesto de acuerdo para estar allí en ese mismo momento. En los puestos aguardaban grandes colas. La multitud se aglutinaba sin tan siquiera dejar paso al aire. Las señoras miraban con desconfianza a todo el que se acercara al puesto de pescado y decían con displicencia y lengua afilada, “la última soy yo”. Se aproximaron al puesto de carne. Un señor indisponía al tendero, pues no terminaba de decidirse por carne de cerdo o de ternera y la gente con impaciencia comenzaban a ofender al pobre empleado que esquivaba las miradas de buitres carroñeros de sus clientes. Después de dos horas inmerso en la marabunta pensó que había sido mala idea haber acompañado a su mujer a hacer la compra, el estar detrás de ella, cargando las bolsas, “esto no es para mí”, se decía extenuado mientras sorteaba como un balancín los cuerpos agitados que iban y venían de un lado para otro. Su esposa lo miraba afligida. Ésta camina sin rumbo fijo de un puesto a otro, sin saber muy bien cuál sería su siguiente elección. Esto inquietaba al hombre que la seguía a todas partes. Por fin se decidió. Se dirigieron al puesto de frutas. Una gran sensación de alivio inundó a su marido, pero no dudaría mucho, al instante se convirtió en barrunto. La mujer observaba la fruta, la tocaba con delicadeza, la olfateaba como perro de caza cuando atrapa a su presa. Se deleitaba con éstas. El tendero la contemplaba desde el otro extremo. Sus miradas se cruzaron. El ambiente cargaba un sutil aroma tropical emanado de las frutas; mangos, higos, melón, papaya, guayaba y un sin fin de olores, colores y sabores que extasiaban a los implicados. Por fin le pregunto con efusión,” desea usted algo”, la mujer con ojos vivarachos se apresuró a contestar, “eh…, si, un kilo de manzanas rojas por favor”. El marido escrutaba, callado, detrás de ésta, reparando en que algo raro sucedía, ¿había una extraña complicidad entre tendero y cliente o era cosa de su imaginación? Esto le inquietaba aun más.
Las compras culminaron por fin. Llegaron a la casa cargados de bolsas. Guardaron los alimentos, almorzaron y después él como todos los sábados se marchó con algunos amigos, pues acostumbraba a hacer tertulias con ellos en la barra del bar de la calle rayuela. Esto lo mantenía distraído.
Siempre volvía tarde, cuando su esposa ya estaba dormida.
Pero ese día sentía la necesidad de regresar antes. Así que llegando la noche decidió retornar a casa.
Caminaba por la calle. A solas y en silencio, recordando la mañana en el mercado, el insólito momento que pasó en la frutería, las miradas recíprocas de su mujer con el frutero, la complicidad de estos.
Solo el ladrido de un perro que desde su balcón le observaba le hizo volver en sí. Comenzó a sentir una gran angustia y aligeró el paso.
Llego a la puerta de su casa; sacó las llaves del bolsillo de su pantalón, las manos le temblaban. Abrió la puerta. Todo estaba a oscuras. A tientas recorrió el hall, el salón y el pasillo que comunicaba a las habitaciones. Se dirigió a su dormitorio. En penumbra palpo el lado de la cama de ella. Se le aceleró el corazón. Estaba vació. Al tocar la almohada percibió un trozo de papel que había encima. Encendió la luz de la lámpara de la mesita de noche. Comprobó que se trataba de una nota que su mujer había dejado. Nervioso comenzó a caminar por la habitación como león enjaulado, sin atreverse a leerla. Se la pasaba de una mano a otra, provocando que el sudor brotara de éstas impregnando sus huellas invisibles en el papel. Los nervios comenzaron a aflorar cuando recordó la mirada del dependiente clavada en su mujer. Se le secó la boca. Corrió hacia la cocina. Soltó el papel en la encimera. Mientras llevaba el vaso debajo del grifo, observaba la nota, inmóvil. Abrió el grifo. El agua fluía desbordándose en el vaso y empapando la mano que lo sostenía. Por fin se decidió. Soltó el vaso y cerró el grifo, se seco las manos con un paño que tenía al lado y cogió el trozo de papel que estaba perfectamente plegado. Se sentó en un taburete que había en la cocina y dejo caer el peso de sus brazos en la mesa, como si el papel que tenía entre sus dedos hiciera de contrapeso. Mientras separaba las palmas de las manos dejando abrir la nota, algo le llamo la atención. Alzó la vista. En la mesa había un frutero colmado de manzanas rojas, relucientes y apetitosas. De pronto, le entro hambre.
viernes 20 de noviembre de 2009
lunes 24 de agosto de 2009
El juego de rol
Estoy en una ciudad de EE.UU. En unas fiestas. Todo lo que se dice lo entiendo a la perfección.
La gente va disfrazada y la fiesta consiste en juegos de rol, para niños y adultos. Dependiendo del juego así el disfraz.
Por unos callejones hay niños, disfrazados de niños perdidos, entre ellos Peter Pan. Huyen de Garfio. Todos se divierten.
Corro junto a ellos. ¡Joder, esto parece los San Ferlines!- corremos calle abajo, riéndonos. Subo a una especie de roca, hablo con una niña. Me dice algo (no lo recuerdo).
Sigo adelante y me uno a un grupo de mujeres que corren con cuidado pues van empujando carritos, con sus bebés. Todo sigue siendo muy divertido. En este caso el juego consiste en llegar a un sitio antes que nadie, sin que te pillen.
Las mamás se dan consejos de cómo correr sin peligro y airosas.
La gente se mete por entre las calles de un centro comercial. Los establecimientos están cerrados al público. Sólo las puertas del centro comercial son abiertas de forma especial para la ocasión.
Una de ellas me cuenta algo (no lo recuerdo).
Busco a alguien, eso esta claro.
Sigo adelante. Una persona conocida que pertenece a otro juego de rol me saluda. Se fija en mí, en mi ropa. Advierte que algo extraño esta en mi pecho, en mi camisa concretamente. Es de chorreras (o algo similar). Pistolines de regaliz de colores se han enredado. Son del juego de rol de los niños perdidos. Los saco y voy repartiendo a todo el mundo que tengo a mi alcance. Todos contentos.
Me dicen que no esta la persona que busco ahí tampoco.
¡Quiero verlo!
Sigo buscándolo.
La gente va disfrazada y la fiesta consiste en juegos de rol, para niños y adultos. Dependiendo del juego así el disfraz.
Por unos callejones hay niños, disfrazados de niños perdidos, entre ellos Peter Pan. Huyen de Garfio. Todos se divierten.
Corro junto a ellos. ¡Joder, esto parece los San Ferlines!- corremos calle abajo, riéndonos. Subo a una especie de roca, hablo con una niña. Me dice algo (no lo recuerdo).
Sigo adelante y me uno a un grupo de mujeres que corren con cuidado pues van empujando carritos, con sus bebés. Todo sigue siendo muy divertido. En este caso el juego consiste en llegar a un sitio antes que nadie, sin que te pillen.
Las mamás se dan consejos de cómo correr sin peligro y airosas.
La gente se mete por entre las calles de un centro comercial. Los establecimientos están cerrados al público. Sólo las puertas del centro comercial son abiertas de forma especial para la ocasión.
Una de ellas me cuenta algo (no lo recuerdo).
Busco a alguien, eso esta claro.
Sigo adelante. Una persona conocida que pertenece a otro juego de rol me saluda. Se fija en mí, en mi ropa. Advierte que algo extraño esta en mi pecho, en mi camisa concretamente. Es de chorreras (o algo similar). Pistolines de regaliz de colores se han enredado. Son del juego de rol de los niños perdidos. Los saco y voy repartiendo a todo el mundo que tengo a mi alcance. Todos contentos.
Me dicen que no esta la persona que busco ahí tampoco.
¡Quiero verlo!
Sigo buscándolo.
viernes 31 de julio de 2009
A mi tierra
Apuntaba el alba
Vislumbre tu semblante,
Poder vigoroso.
Me acerco a la senda
Épocas; glorias latente,
Talento reunido.
Hermosa armadura
Hierro radiante en la tarde,
Paso entre hermanos.
Noche sosegada
O frenesí en tus calles,
Embrujo sevillano.
Vislumbre tu semblante,
Poder vigoroso.
Me acerco a la senda
Épocas; glorias latente,
Talento reunido.
Hermosa armadura
Hierro radiante en la tarde,
Paso entre hermanos.
Noche sosegada
O frenesí en tus calles,
Embrujo sevillano.
jueves 19 de febrero de 2009
Viaje por Madrid
Me encuentro en Madrid, en el andén de una estación de metro. Por algún motivo, sólo puedo ir hacia delante. Me bajo del metro, pregunto como puedo llegar a la Puerta del Sol, una y otra vez, pero nadie me contesta.
Vuelvo a subir al metro. En la siguiente parada vuelvo a hacer la misma operación. En esta ocasión recibo respuesta. Una señora acompañada por otra mujer joven me dice que se dirigen en dirección a Puerta del Sol. Me invitan a acompañarlas.
Al salir del metro hacia la calle nos llamó la atención lo que ocurría en la parada de autobús que estaba justo en frente. Un hombre parecía estar enfermo. Estaba sentado en el banco de la parada, sus manos tapaban su cara. Una señora y una niña lo acompañaban. Éste había vomitado y la señora no paraba de insistirle que fueran al médico.
Un hombre joven, con un maletín se les acerco. Parecía ser un médico. Les ofreció ayuda pero el hombre enfermo se negó.
La señora, la mujer joven y yo lo observábamos todo desde otro extremo.
Al ponernos en camino de nuevo el joven médico se acopla a nosotras. Parece que va en la misma dirección.
La mujer joven, le dice a éste que ella se encuentra mal. Le duele la cabeza y la espalda. Se ofrece a ayudarla.
De pronto estoy sentada en la parte de atrás de un vehículo y rápidamente me hacen pasarme al asiento del copiloto.
Dos hombres traen en una camilla, tumbada de espaldas a la mujer joven. Esta inmóvil. Le habían cortado el pelo.
Estamos en el parque de enfrente de casa de mis padres. Todos lloran. Depositan un ataúd blanco en el suelo. Esta abierto. Dentro la mujer joven con la expresión de la muerte en su rostro. Tapan el ataúd pero yo enfurezco porque aún esta viva. Ellos dicen que ya no hay nada que hacer. Lo tapan. Me apresuro a abrirlo y cogerle las manos para que no se sienta sola en sus últimos momentos. Su rostro ya no parece el de ella. Dejo de sentir pena, ahora tengo mucho, pero mucho miedo.
Vuelvo a subir al metro. En la siguiente parada vuelvo a hacer la misma operación. En esta ocasión recibo respuesta. Una señora acompañada por otra mujer joven me dice que se dirigen en dirección a Puerta del Sol. Me invitan a acompañarlas.
Al salir del metro hacia la calle nos llamó la atención lo que ocurría en la parada de autobús que estaba justo en frente. Un hombre parecía estar enfermo. Estaba sentado en el banco de la parada, sus manos tapaban su cara. Una señora y una niña lo acompañaban. Éste había vomitado y la señora no paraba de insistirle que fueran al médico.
Un hombre joven, con un maletín se les acerco. Parecía ser un médico. Les ofreció ayuda pero el hombre enfermo se negó.
La señora, la mujer joven y yo lo observábamos todo desde otro extremo.
Al ponernos en camino de nuevo el joven médico se acopla a nosotras. Parece que va en la misma dirección.
La mujer joven, le dice a éste que ella se encuentra mal. Le duele la cabeza y la espalda. Se ofrece a ayudarla.
De pronto estoy sentada en la parte de atrás de un vehículo y rápidamente me hacen pasarme al asiento del copiloto.
Dos hombres traen en una camilla, tumbada de espaldas a la mujer joven. Esta inmóvil. Le habían cortado el pelo.
Estamos en el parque de enfrente de casa de mis padres. Todos lloran. Depositan un ataúd blanco en el suelo. Esta abierto. Dentro la mujer joven con la expresión de la muerte en su rostro. Tapan el ataúd pero yo enfurezco porque aún esta viva. Ellos dicen que ya no hay nada que hacer. Lo tapan. Me apresuro a abrirlo y cogerle las manos para que no se sienta sola en sus últimos momentos. Su rostro ya no parece el de ella. Dejo de sentir pena, ahora tengo mucho, pero mucho miedo.
sábado 31 de enero de 2009
Un día bastante agitado
Es un día bastante agitado, pareciera ser época de San Fermín o algo así, con mucha gente en las calles formando ruido a más no poder.
Mi esposo y yo paseábamos por la calle entre la multitud cuando de repente, de un momento a otro todo el mundo desaparece y la calle queda desolada. Nos encontrábamos justo en mitad de la calle principal.
Un hermoso caballo apareció al principio de la vía. Comenzó a galopar hacia nosotros como un toro enfurecido.
Desesperados nos subimos a un balcón.
El caballo furioso espera debajo, mirando hacia nosotros, esperando que alguno de los dos cayera y se dejara atrapar.
Mi esposo y yo paseábamos por la calle entre la multitud cuando de repente, de un momento a otro todo el mundo desaparece y la calle queda desolada. Nos encontrábamos justo en mitad de la calle principal.
Un hermoso caballo apareció al principio de la vía. Comenzó a galopar hacia nosotros como un toro enfurecido.
Desesperados nos subimos a un balcón.
El caballo furioso espera debajo, mirando hacia nosotros, esperando que alguno de los dos cayera y se dejara atrapar.
jueves 25 de diciembre de 2008
La estrella que volvió a brillar
Más arriba de las nubes, donde se encuentra la superficie del paraíso, los angelitos tenían una gran preocupación, porque la estrella más importante del firmamento dejó de brillar.
La madre de los angelitos le dijo a uno de ellos:
- Angelito de mi vida, tú serás el encargado de hacer volver a brillar esta estrella
- ¿Pero cómo?-le dijo el angelito.
- Las estrellas brillan cuando los niños están contentos y felices, así que bajarás a la tierra con un gran saco repleto de regalos que repartirás a los niños mientras duermen, así la estrella volverá a brillar.
-¿Y una estrella sabrá si un niño es feliz con un regalo si éste esta dormido?-pregunto el niño a la madre.
- Lo sabrá, no te preocupes por eso- contesto la madre guardándole la estrella en un bolsillo.
El angelito la miraba asombrado.
- Tendrás que volver al paraíso antes de que salga el sol- le dijo por último la mama.
Entonces ésta espolvoreo polvos mágicos en las alitas del angelito para que pudiera volar más rápido hacia la tierra.
Llego a la entrada de un pueblo y aprovechando que era de noche y los niños estaban ya dormidos entraba en las casas sin hacer ruido y a los pies de las camas de estos dejaba un regalo.
El angelito tenía la facultad de saber si el niño se había portado mal o bien con sus padres, así que cuando encontraba un niño que se portaba bien se ponía muy contento y al mirar a la estrella ésta resplandecía un poco más pero en algunas ocasiones se entristecía cuando encontraba a algún niño algo travieso debilitando así el destello de la estrella.
Cuando había visitado la última casa y comenzando a salir el sol, saco nuevamente la estrella de su bolsillo, comprobando que aunque brillaba no era lo suficiente, siendo entonces incapaz de sostenerse en el cielo. El angelito se entristeció pensando que no había cumplido su misión y apesadumbrado alzó el vuelo de vuelta al paraíso.
Justo cuando estaba a mitad de camino miró hacia atrás comprobando que apartada del pueblo, entre árboles se encontraba una pequeña casita de madera, que no había visto por la oscuridad de la noche. Entonces pensó:
- ¿Habrá algún niño en esa casita?
No podía volver sin averiguarlo. Dio media vuelta y regreso al pueblo. Encontrándose fuera de la casa, miró por una ventana y en la oscuridad vio a un niño, dormido, encima de unas ramas. Una hoja de palma lo envolvía, era la manta.
El angelito traspaso la ventana, pues los angelitos tienen del don de atravesar las cosas sin hacerse daño. Se acercó al niño. Sintió su frío, pues éste tiritaba, también comprobó que estaba hambriento pues lo único que tenían era una gran cacerola, en el hueco de la chimenea, llena de agua que tomaban como sopa. Ni siquiera tenían leña para poder calentar el hogar.
El angelito se entristeció y pensó que quizás si le dejaba un regalo al niño sería un poco feliz pero al abrir el saco comprobó que no le quedaba ningún regalo.
- ¿Qué voy a hacer ahora, no puedo irme y dejar a este pobre niño sin un regalo?
Entonces se llevo la mano al bolsillo y saco la estrella. Estaba apagada, ya no había nada que hacer para que volviera a brillar. Además ya apuntaba el alba y tenía que marcharse antes que el sol saliera.
De pronto dijo:
- ¿Tengo una idea?
Puso la estrella en el hueco la chimenea y como las estrellas son mágicas ésta calentó el agua que tenía la cacerola, también pueden dar sabor y olor convirtiendo el agua en una riquísima sopa.
El angelito beso la frente del niño y volvió rápidamente al paraíso pensando que sería castigado por no haber cumplido con su misión. La madre que lo estaba esperando le dijo:
- ¿Por poco no llegas a tiempo?
- Siento el retraso y no haber cumplido con lo que me mandaste- le dijo el angelito sin tan siquiera mirarle a la cara, estaba avergonzado.
Pero la madre no estaba enfadada con él, lo cogió de la mano y se acercaron al borde de la superficie del paraíso.
- Mira- le dijo ésta al angelito.
Vieron al niño, alegre por ver como el fuego de la chimenea resplandecía vigorosamente y como un hilito de humo que olía muy bien salía de la cacerola. Todo esto observaba la madre del niño desde la puerta, pues había ido a la misa del gallo a pedir ayuda a dios para poder dar de comer a su hijo.
- ¡Mamá, un ángel ha estado aquí y me ha dado un beso!- dijo el niño.
La madre sonrió pues era navidad y todo era posible.
La estrella volvió al cielo brillando con tanta intensidad que incluso de día todo el mundo podía verla. Y es que es la misma estrella que guió a los reyes magos hasta el niño dios.
La madre de los angelitos le dijo a uno de ellos:
- Angelito de mi vida, tú serás el encargado de hacer volver a brillar esta estrella
- ¿Pero cómo?-le dijo el angelito.
- Las estrellas brillan cuando los niños están contentos y felices, así que bajarás a la tierra con un gran saco repleto de regalos que repartirás a los niños mientras duermen, así la estrella volverá a brillar.
-¿Y una estrella sabrá si un niño es feliz con un regalo si éste esta dormido?-pregunto el niño a la madre.
- Lo sabrá, no te preocupes por eso- contesto la madre guardándole la estrella en un bolsillo.
El angelito la miraba asombrado.
- Tendrás que volver al paraíso antes de que salga el sol- le dijo por último la mama.
Entonces ésta espolvoreo polvos mágicos en las alitas del angelito para que pudiera volar más rápido hacia la tierra.
Llego a la entrada de un pueblo y aprovechando que era de noche y los niños estaban ya dormidos entraba en las casas sin hacer ruido y a los pies de las camas de estos dejaba un regalo.
El angelito tenía la facultad de saber si el niño se había portado mal o bien con sus padres, así que cuando encontraba un niño que se portaba bien se ponía muy contento y al mirar a la estrella ésta resplandecía un poco más pero en algunas ocasiones se entristecía cuando encontraba a algún niño algo travieso debilitando así el destello de la estrella.
Cuando había visitado la última casa y comenzando a salir el sol, saco nuevamente la estrella de su bolsillo, comprobando que aunque brillaba no era lo suficiente, siendo entonces incapaz de sostenerse en el cielo. El angelito se entristeció pensando que no había cumplido su misión y apesadumbrado alzó el vuelo de vuelta al paraíso.
Justo cuando estaba a mitad de camino miró hacia atrás comprobando que apartada del pueblo, entre árboles se encontraba una pequeña casita de madera, que no había visto por la oscuridad de la noche. Entonces pensó:
- ¿Habrá algún niño en esa casita?
No podía volver sin averiguarlo. Dio media vuelta y regreso al pueblo. Encontrándose fuera de la casa, miró por una ventana y en la oscuridad vio a un niño, dormido, encima de unas ramas. Una hoja de palma lo envolvía, era la manta.
El angelito traspaso la ventana, pues los angelitos tienen del don de atravesar las cosas sin hacerse daño. Se acercó al niño. Sintió su frío, pues éste tiritaba, también comprobó que estaba hambriento pues lo único que tenían era una gran cacerola, en el hueco de la chimenea, llena de agua que tomaban como sopa. Ni siquiera tenían leña para poder calentar el hogar.
El angelito se entristeció y pensó que quizás si le dejaba un regalo al niño sería un poco feliz pero al abrir el saco comprobó que no le quedaba ningún regalo.
- ¿Qué voy a hacer ahora, no puedo irme y dejar a este pobre niño sin un regalo?
Entonces se llevo la mano al bolsillo y saco la estrella. Estaba apagada, ya no había nada que hacer para que volviera a brillar. Además ya apuntaba el alba y tenía que marcharse antes que el sol saliera.
De pronto dijo:
- ¿Tengo una idea?
Puso la estrella en el hueco la chimenea y como las estrellas son mágicas ésta calentó el agua que tenía la cacerola, también pueden dar sabor y olor convirtiendo el agua en una riquísima sopa.
El angelito beso la frente del niño y volvió rápidamente al paraíso pensando que sería castigado por no haber cumplido con su misión. La madre que lo estaba esperando le dijo:
- ¿Por poco no llegas a tiempo?
- Siento el retraso y no haber cumplido con lo que me mandaste- le dijo el angelito sin tan siquiera mirarle a la cara, estaba avergonzado.
Pero la madre no estaba enfadada con él, lo cogió de la mano y se acercaron al borde de la superficie del paraíso.
- Mira- le dijo ésta al angelito.
Vieron al niño, alegre por ver como el fuego de la chimenea resplandecía vigorosamente y como un hilito de humo que olía muy bien salía de la cacerola. Todo esto observaba la madre del niño desde la puerta, pues había ido a la misa del gallo a pedir ayuda a dios para poder dar de comer a su hijo.
- ¡Mamá, un ángel ha estado aquí y me ha dado un beso!- dijo el niño.
La madre sonrió pues era navidad y todo era posible.
La estrella volvió al cielo brillando con tanta intensidad que incluso de día todo el mundo podía verla. Y es que es la misma estrella que guió a los reyes magos hasta el niño dios.
martes 18 de noviembre de 2008
Alegría
Caminaban por la orilla una tarde del mes de Mayo, madre e hija cogidas de la mano. La madre observaba con cariño a la niña, mientras ésta daba saltitos a cada paso, cantando la canción con la que le tocaba participar en la fiesta de final de curso.
La mujer se detuvo y le hizo señas a su hija para que observara el paisaje, “¿mamá hacemos un castillo de arena?”, le dijo la niña con efusión, “¡claro que sí!”, le contesto la madre. Se sentaron en la orilla y comenzaron a amontonar la arena mojada. Los granitos se concentraban bajo las manos de la niña dejándose moldear hasta su transformación final. Una torre, una montaña, una gran muralla; la mujer sonreía cada vez que las olas llegaban y desordenaba la construcción. La niña gritaba “¡ay… otra vez!” y comenzaba una nueva fortaleza con más fervor que la vez anterior, como si no supiera que el mar volvería y arrasaría de nuevo su trabajo.
La mujer observaba como a lo lejos pasaba un barquito turístico. La gente que se encontraba en él gritaban. “Adiós, adiós”. Alegría saltaba contestando con energía, “! Adiós, adiós!”.
Hace cuatro años, un día como aquel llego a la playa. Muchos días atrás partió de su lugar de origen cargado de esperanzas e ilusiones que se fueron apagando como la llama de una vela, con el transcurrir de las horas, los días.
Miraba a la niña, como jugaba con la arena. Su complexión robusta, su naturaleza fuerte, sus deseos de ver el mundo, su alegría. La madre se estremecía mirando a su hija. Tocaba su cabeza y acariciaba sus cabellos, repasando sus trenzas de principio a fin. La niña le sonreía.
La mujer se detuvo y le hizo señas a su hija para que observara el paisaje, “¿mamá hacemos un castillo de arena?”, le dijo la niña con efusión, “¡claro que sí!”, le contesto la madre. Se sentaron en la orilla y comenzaron a amontonar la arena mojada. Los granitos se concentraban bajo las manos de la niña dejándose moldear hasta su transformación final. Una torre, una montaña, una gran muralla; la mujer sonreía cada vez que las olas llegaban y desordenaba la construcción. La niña gritaba “¡ay… otra vez!” y comenzaba una nueva fortaleza con más fervor que la vez anterior, como si no supiera que el mar volvería y arrasaría de nuevo su trabajo.
La mujer observaba como a lo lejos pasaba un barquito turístico. La gente que se encontraba en él gritaban. “Adiós, adiós”. Alegría saltaba contestando con energía, “! Adiós, adiós!”.
Hace cuatro años, un día como aquel llego a la playa. Muchos días atrás partió de su lugar de origen cargado de esperanzas e ilusiones que se fueron apagando como la llama de una vela, con el transcurrir de las horas, los días.
Miraba a la niña, como jugaba con la arena. Su complexión robusta, su naturaleza fuerte, sus deseos de ver el mundo, su alegría. La madre se estremecía mirando a su hija. Tocaba su cabeza y acariciaba sus cabellos, repasando sus trenzas de principio a fin. La niña le sonreía.
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